Sean las sirenas, las alarmas o las liras,
nada ha podido avivar mi semblante enlanguecido
ni por susto o fricción,
ni en una tarde crispada por el crujir del viento
ni en una mañana veraniega embaucada en sus intentos.
Me condenaste a vivir,
merodear por la tierra sin fundirme en su manto,
Mi veredicto es azuzar tus mejillas,
contar la constelación de pecas en tu rostro,
convirtiendo la risa en canto,
que ningún relojero pudo ajustar.
La divinidad enajena,
de las montañas, las pieles y las penas
Solo en tu desacierto eres digna de culto,
por la mandarina que tienes en la mira,
tus manos sosteniendo el rosal,
como las aves sonríen al tu pasar.
Seamos lazos atados por la brisa del alba,
cuando los pétalos encongidos,
no salen aún a por el candor del sol
Envueltos en su crudeza abismal,
seríamos fríos, un hito vacío
sin el yugo del mayoral.
Al tiempo lo doblegaría,
haciéndolo tu sirviente,
sometido a los hoyuelos de tu sonrisa,
a las líneas de tus manos
y los surcos primaverales de tus tobillos.
La estrella del norte,
eterna y envolvente
sería una penitente
condenada a centellear,
por los milenios y las vidas,
por tus heridas y tus besos
hasta que solo tus huesos,
adornen la tierra herida.
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