Con estos hilos blancos que salen de mis dedos estoy cosiendo tu vestido de novia. Sentado en la oscuridad, de espaldas al movimiento de los astros que repiten el trabajo de mis manos, coso sin ver. Mis pies golpean incansables los pedales de la máquina. Salta mi corazón cuando rozo la tela o el frío vivo de la aguja. Y atravieso la noche de hilos, anudo, engarzo leves piedras, fijo el velo que guarde para siempre la belleza de tu rostro, la cola inmensa que incendie las calles. Y silbo esta dolorosa canción que sólo yo conozco y pienso que nadie podrá devolverme tu blancura que perdí y hago gritar a las tijeras.
Sentado en la oscuridad, de espaldas al golpe mortal de las estrellas que repiten mis puntadas, acariciando este traje vacío, crecerá una hebra de hilo negro.
Mañana, después del alborozo de la boda, cuando se marchiten las flores prendidas de las ventanas y las puertas y se vaya ahogando la música en las calles y rueden borrachos los invitados por la plaza, huirás con tu novio hasta el claro del bosque.
Escúchame, Fulgor, yo te lo aviso: la luna ciega y las estrellas lúbricas girarán en las alturas: durará una eternidad arrancar los cien botones del vestido, desgarrar la cola y enredarla entre los árboles, contemplar tu cuerpo hirviente y blanco bajo el velo. El acercará sus manos temblorosas para deshacer el tul y huirá despavorido cuando me descubra en tus ojos colgando de un largo hilo negro.
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