A las siete en punto, después del llanto helado de mi perro, desde hace treinta y cuatro años cierro la peluquería. Después me reúno con ese animal y voy barriendo todo el pelo acumulado en el día.
Odio el espejo desportillado, la navaja insensible, el olor dulzón del cabello sin lavar. Envidio los ojos desolados de mis clientes, las marcas secretas que diferencian sus cabezas.
¿Por qué entre todos los talentos no me tocó el amor?
Camino dormido sosteniendo una tijera y duermo porque gira esta silla y mi corazón es una correa de afilar interminable.
Me hice peluquero por fatalidad.
De tanto cortar pelo no aprendí a segar las cabezas.
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