El dijo: soy de ti,
soy hijo y padre de nosotros
y te busco entre las rocas y los peces,
en los cuatro costados
de tu devoción y de tu ira.
No te olvido,
el tiempo es una esfinge irrepetible,
el séptimo ojo hambriento y en vigilia,
la infinita mirada del amor,
y en la noche hemos de mirarnos
en el espejo de la noche,
y en el día
en el agua de los días.
Ella dijo: No me des nada,
solo quítame la seña y la lepra del olvido,
voy por ti despacio, prevenida,
como cuando al fuego lo alimento
de ramas, de especies, de espirales
y me retiro a lo alto de la llama
a contemplar que todo se consuma.
Regálame la hora en que sobrevive
la calma después de la tempestad furiosa.
El dijo: soy de ti,
y entre los sentidos
de la contemplación y de la carne,
te he de dar mi pequeño cristo de zafiros,
una nada y el primer árbol de la tierra,
un vacío,
y la lengua que hablan
los que pierden la noción del tiempo.
Déjame ver el crepúsculo
a través de tu mirada,
la que petrifica, la que fija,
la que no recuerda.
Ella dijo: no me des nada,
solo olvídame,
porque en el olvido
está la esencia del recuerdo,
del inicio,
en tu olvido te aproximas,
me usurpas y me vences
y al final vencida
penetro intocable y dulcemente
en la fisura más oscura
que para mí iluminas.
Tembloroso y sin premura
con las yemas de tus dedos,
vuelve y toca la herida de mi lluvia
y procura no venir
con la vestidura dolorosa de la culpa
con el tatuaje original de la condena,
no me dejes y ven pronto,
como el viento que galopa
suave en el lomo de las aguas.
Mézclame en el agua de tu Dios
y extráela y bébela y retenla por siempre
en la hora de tu sed.
El dijo: Soy el padre de tu hijo nunca visto,
soy el hijo en las entrañas de tu tierra
y después de nada poseer y estar perdido
soy el prófugo, tu amigo eterno.
Salven a ti, mi eterna amiga
del agua desbocada en el mar de tu aflicción;
tú por siempre la más desconocida
y nueva en mi memoria.
Ella dijo: que no me salve nada,
salvo la espina del dolor
que tiembla ya y desde siempre
en la espina de mi espalda,
salvo el dolor donde yace
la alquimia de mi ansia.
Hazte uno con el padre y con el hijo,
hazte uno con Dios
y omnipresente, estando en tu morada,
hazte presente en mi morada.
Siéntate a la mesa y bebe de mi vino
y alguna vez ebrio, desgarra el temblor
de tu carne en la encrucijada de mi cuerpo.
El dijo: voy por ti despacio,
muchacha desquiciada
llevando en mi verbo la oración del desatino
y como antes y ahora y ya por siempre,
tiemblo en la encrucijada de tu carne.
Estando con el estoy contigo
y como el agua y el aceite
mi pensamiento se divide;
y después de tocarte y usurparte
no habrá otra, ni ninguna otra
ungida en mi memoria.
Ella dijo: date prisa que mi cuerpo no resiste,
y aunque suelo oler el ungüento del ungido,
no me basta la inocencia
ni la ascensión de tu deseo
hacia el arco de los cielos.
...
Read full text