Saturday, October 6, 2018

EN GRANDES LETRAS DE ORO Comments

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Tú que aún tienes sangre y voz cuéntame la historia que merezco. Escríbemela en grandes letras de oro. Yo regresaba tarde esa noche y en la calle desierta, iluminada apenas por la luz rosada de las lámparas y los reflejos de los charcos, estaba una mujer. Nunca he podido recordarla con exactitud. En mi memoria suele cambiar de rostros y vestidos y sólo su cuello helado permanece. Tampoco sé por qué lo hice. Supongo que todos vivimos persiguiendo un fulgor y cuando al fin tropezamos con él sencillamente enloquecemos. Así debió pasar conmigo. Desperté al día siguiente con la cara cubierta de arañazos y una cadena de oro aferrada a mis manos como si estuviera cosida.

No me considero un vulgar ladrón. Soy un buscador de oro. Un minero que ha renunciado a abrir la carne de la tierra y prefiere cavar sus túneles aquí en la soledad de las calles. Mi tarea no es fácil. Reconozco que para obtener mi oro produzco dolor. He rasgado orejas, he cercenado dedos para conseguir un extraño anillo, he quebrado cuellos, he arrancado dientes luminosos. Perdónenme, víctimas queridas, y consuélense si de algo les sirve porque en todo este tiempo no he podido endurecerme.

Jamás he vendido el oro que recojo. Guardo cientos de sortijas, collares, escapularios, pulseras, guardapelos; dijes que son flores, volutas, labios, ojos, insectos. El oro es mi dolor en el costado que sólo puedo aplacar cuando lo contemplo. El oro es mi aire y mi danza solitaria y mi áurea edad que cada noche recupero.


A veces pienso en el destino de mi tesoro. Creo que al final, cuando tenga el material suficiente, haré una estatua idéntica a mí toda fulgurante de oro puro y en una barca me alejaré para arrojarla al mar.

No me importa que nadie pueda verla.

Me basta saber que allí en el fondo, amada por las aguas, durará para siempre.
...
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Carlos López Degregori
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