Un cura me abofeteó en el patio del colegio porque no cantaba un himno, y mi mejilla, luego de 40 años, apenas regresa de aquella bofetada.
Vi en el giro de la mejilla hacia la izquierda el país que pudo ser, y en el giro a la derecha el encierro del sueño.
De regreso de la bofetada, ha empezado a holgar la casa como un sacón prestado. Sobra decir que sigo sin cantar el himno y la mano del cura al que nunca puse la otra mejilla está envuelta en la nada.
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