A veces no sabíamos quién era el escamoteado en una vuelta del baile, pero quedaba un vacío entre el aire y su pareja. Y todos seguíamos bailando.
En los giros del baile como en los rápidos de un río - espiral, trompo, torbellino - la fuga de rostros conocidos.
Los guerreros que se fueron al jaleo en las montañas abandonaron la fiesta antes que Nadie.
Los suicidas salieron por la puerta de emergencia y enlutaron el aire.
Ninguno sacaba a bailar a la extranjera, una mujer gótica vestida de blanco.
Ella, en cambio, elegía su pareja y al momento sus huellas se borraban. Y todos seguíamos bailando.
Los emboscados en el baile eran jalonados por una música inaudible, a veces despertaban al borde de un abismo.
Los que ensayaron sus giros y cabriolas frente a un espejo negro. Los que acudieron a la droga y encontraron migajas de milagro. Los que se fueron a la guerra silbando la canción del tiempo muerto. Todos anunciaban el eclipse del hombre, mientras subía la música y se hacía más ligero el baile.
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