Este árbol que nació de una semilla,
hoy flaco y con la cáscara entreabierta,
alguna vez alzó su brazo al cielo
y hundió su pie en la entraña de la tierra.
Sus ramas conocían la existencia
de las cosas no dichas hasta entonces;
cosas que no conviene repetir
pues nada dicen hoy a quien las oye.
Yo fui ese fresno que creció florido
y fuerte como el más entre los suyos;
y tú fuiste la loica que buscó
a su sombra un abrigo más seguro.
En mi mundo de un único habitante,
fronterizo al imperio de los muertos,
me acostumbré a tu canto como quien
se acostumbra a una herida o a su cuerpo.
Pensé que estabas hecha para mí.
Ahora soy un tronco que holla el viento.
Hace frío sin ti pero se vive.
En otoño envejezco.
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