A las 11, después de haber visto la exposición de tus cuadros, alguien me llama desesperadamente. Te espero, dice en el teléfono una voz, cubierta de flores secas y de polvo. Ya sé que estoy de paso en México y aquí nadie me conoce, pero igual saltan mis labios y golpea mi blanco corazón hasta alcanzar este cielo de piedra.
Son las 11 y lloverá.
Son las 11 y beberé siete vasos para atrás, siete árboles, siete calles desiertas y caminos distintos. Abordaré siete taxis para encontrarte, siete máquinas volantes.
Ahora esta noche ya no es esta noche y descubro, Remedios, que era tuya esa voz cubierta de flores secas y de polvo. Tú moriste en 1963 pero no importa. Ahora son las 11 de una noche en 1958 y me estoy acercando por el sendero de los árboles. La vela estará encendida. La mano saliendo de la cortina o la pared. El gato vigilando entre las hojas.
Yo pediré perdón por ser una mala visita que falsea las voces y los hechos. Besaré tu pubis. Me enredaré en tu cintura, en las zarzas de tu pelo. Y tú, Remedios: ¿Me acariciarás conmovida?
¿Me pedirás que me interne como una aguja en tu carne helada porque así ya lo has pintado?
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