Habito una zona de rayos y de revelaciones. El oráculo aún habla. Yo por mi parte no lo
escucho. No sigo sus admoniciones.
Me negué a ser iniciado. No repetí jamás en voz alta aquello que escuché de la boca de
la tormenta. Luché contra el ángel. Porque ellas encadenaron al espíritu humano al
abismo, desdeñé las religiones. Por las asoladoras matanzas que derribaron sin tregua la
desnuda certeza en la vida, me puse en guardia contra la naturaleza de los estados.
Porque vi caer a miles, supe que triunfaba provisoriamente el pacto del desamor
humano.
Sin duda es el tiempo del fin, se pregona, algo tan formidable como su surgimiento: el
hundimiento de los continentes.
Sufro la presión de las tinieblas forjadas por la imaginación humana en el rapto de una
edad ya sin cielo. Sé ya que seré invisible. Y aunque hace poco un rayo descargó su ira
de raíces blancas, poblando mi cabaña de troncos de densas energías, yo no cejaré en
desoír al oráculo, pues aún amaré a los hombres que sufren y a los pueblos que resisten,
oiré las dulces voces de las piedras y los árboles que nos llaman al retorno, el lenguaje
secreto de los pájaros del primer día para quienes los estados y los dioses son sordos ya
hace siglos.
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