FUE
la música mortal, el alarido
de los caballos incesantes, fue
una pavana fúnebre a la hora
del algodón ensangrentado.
Fue la declinación de mil cabezas,
la gárgola que aúlla maternal, los círculos
de la gallina atormentada.
Es aún, otra vez, la cal, el hueso
frío en nuestras manos, la
médula negra de la policía.
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