Sentada y pensativa
con su mano arrugada
sobre su rostro estaba
turbada la viejita…
Disimulado un moño negro sostiene
los hilos de sus plateados cabellos,
la mirada fija está puesta en los azares de la vida donde ella va cobijada por un anticuado chaleco azul oscuro que cubre las arrugas que corren por su piel…
Nadie…,
pero nadie la cuidaba,
frágil estaba sola con la experiencia de los años que vinieron y se esfumaron dejándola quieta,
dicha inefable de esos seres imprescindibles como cándida y pura es la vida que yace y fluye en lo profundo de su alma y espíritu…
Su amigo de siempre,
John F. Bisner Ureña.
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