No pocos son aquellos
que al nacer el día
no saben a qué asirse
de tanto sufrimiento.
Ni cuando muere el día se dan cuenta
de lo sublimes, altas las venturas
que trae.
El sufrimiento ya es lobreguez,
ya brasa en el corazón,
ya frialdad de sienes,
ya sello al rojo vivo en la cadera,
ya lágrima o semilla de cielo
en grano de arena.
Aquél que sufrimiento ha pisado
ya nunca más la tierra pisará.
El sufrimiento transfigura la arcilla,
tornándola espíritu ardiente,
palpable y sensitivo.
Oh, Padre nuestro, que eres y serás,
no nos despojes, no nos empobrezcas,
no apartes de este mundo
el sufrimiento.
Mas libranos tan sólo de aquél que abruma,
y no de aquél que hacia el ser
nos fortalece.
Haz que por siempre nós,
los hombres y los canes, las abejas,
el que triunfos cuenta o humillado está,
el que corona ostenta o gime en la cruz,
seamos conscientes de lo ubicuo
del dolor,
el solo lazo
que eternamente
nos ata
a Ti.
(1959)
(Traducido por Paul Abucean)
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