Vi caer la luz en su hombro,
como si el sol, exhausto,
hubiera decidido rendirse
solo en su piel.
No hablaba.
Sus ojos eran una estación sin trenes,
pero su espalda temblaba como un poema no terminado.
Su pelo, negro, denso,
con aroma a invierno y tinta,
caía sobre mí como una manta
tejida en otra vida.
Nos deshicimos sin prisa.
Como quien quita el polvo de un libro olvidado.
Y cada beso era una página
que sabía que no debía leer.
Después,
le dije:
''Si quieres que me quede,
dímelo.''
Ella sonrió,
con esa pena que solo conocen
las mujeres que han amado a destiempo.
Y respondió:
''Vete.'
Desde entonces,
cuando cierro los ojos,
no sueño con su cuerpo,
sino con lo que no dijo.
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