Vengo de una infancia aureolada de soles
y custodias de oro que hacían soñar
con algún cielo florecido de vírgenes y ángeles
demasiado remoto para despertar deseos.
Vengo de montañas frescas y aurorales
que protegen en sus pliegues recónditos a un río
-el que canta indescifrables viajes sin regreso-
y nutren bosques donde quedó flotando
la voz de un niño perdido para siempre.
Vengo de casas conventuales y sombrías
donde castas mujeres alejadas del mundo
laborando rezaban y gorjeando esperaban
morir en paz y un cielo como premio
a sus menudas luchas y domésticas cuitas.
Sus voces sedantes todavía resuenan
suavizando pesadillas con humildes palabras.
Allí varones con dignidad se empobrecían
hablando mal del godo raso y de la Santa Trinidad.
Soñé con la existencia remota de los muertos
aferrado a la reja de un blanco cementerio
en noches de luna llena entre los pinos.
Creí en la relación entre dioses y animales
y entre madres muertas y árboles susurrantes.
Quise permanecer fiel a los juegos de infancia
y burlar los deberes del adulto enjaulado
al explorar desnudo el laberinto del mundo
arriesgando el perderme para poder encontrarme.
Porque la contradicción extrema fue mi sino
me tocó contemplar de lejos lo que amaba
y padecer por dentro lo que odiaba
volar muy alto para conocer el abismo
y sumergirme en el fango para vislumbrar las alturas.
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