A la manera de Bohumil Hrabal
Si los sueños me llevaran a los viejos papeles de la infancia,
me devolvieran el olor detenido de los juguetes en el patio
y tuviera un llanto ebrio
que enumerara en la carne el paso de cada herida,
volvería quizá, con el aceite de ese cielo,
el óleo de esa estación quemada
a habitar el lugar de la tristeza en los muebles de la casa,
fermentaría los oficios del amor, de la muerte, del frío ,
abriría las ventanas para dejar entrar los ladridos de los perros
y atajar las voces de regreso.
Si los sueños me llevaran a Budapest
y en los rieles del tren
encontrara al poeta náufrago entre el hierro y la piedra.
Si el ocio de la vigilias
me llevara a Katmandú o a Babilonia, la profana,
entonces me preguntaría por los días del primer amor,
llenos de soles y olor a cereal,
rostros en polaroid detenidos en el viento.
Hoy los sueños no me llevan a Estambul, ni a Marruecos
y no veo en la casa saqueada de mis días
a Mark Twain, ni a Tom Sawyer caminando entre mis músicas.
¿Qué fue de aquellos días?
¿De los banquetes familiares y el tío que cobraba sus tristezas?
¿Qué fue del gol en la tribuna
y la muchacha sepia que cuelga de mis lienzos?
Los sueños pronostican caída de ángeles quemados,
el regreso de los náufragos, la sequedad de un nuevo amor.
Todo es tan raro aquí
que no sé si habré llegado en la lluvia equivocada.
Cambio mis terrores, mis miserias, cada tiempo,
por un día de retorno a la primera navidad,
por no tener que decirle a los colores
que un día ya muy lejano murieron Turner y Chagall.
Cambio mis secretos por no decirle a las mujeres que amé,
que viven en mis palabras sin ni siquiera yo saberlo.
Pero ni Budapest, ni Babilonia,
ni Estambul, ni Marruecos dan espera.
Esos rostros no caben en el sueño.
La infancia huye con las últimas plagas.
El balón se desinfla en la ruina de la casa
y vuelvo a vestir el traje sucio de los mismos augurios.
Se fue la infancia y nunca supe
a dónde van los patos del Central Park en invierno
y si la vida era sentarse a hacer guardia en un campo de centeno
o entrar a una caverna para estar a solas con Becky Thatcher.
No supe si vivir
era caminar descalzo a campo abierto a orillas del Mississippi.
O acompañar al abuelo a ver despegar aviones en Santa Marta.
Se me fue la infancia y no volví a ver al "Halcón milenario"
huyendo con Obi-Wan Kenobi y la Princesa Leia.
Entre tantos oficios el más difícil fue entender
que el mundo es tan solo una casa de dioses extraviados.
...
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