En los mares del tiempo navegaba un pirata audaz,
con un tesoro oculto en su alma y su mirada voraz.
No eran joyas ni monedas, ni oro ni plata sin fin,
su mayor riqueza era su hija, su tesoro sin fin.
Como el viento en las velas, su barco surcaba el mar,
y en su corazón siempre anidaba la dulce claridad,
era su pequeña flor, su estrella en la oscuridad,
y en cada puerto que llegaba, por ella luchaba con ansiedad.
Con su espada en mano, defendía su tesoro con honor,
ante las olas embravecidas y el peligro que acechaba con furor.
Pero en cada amanecer, su tesoro crecía más y más,
en la sonrisa de su hija, en sus ojos llenos de paz.
Los días se volvieron años, y el pirata envejeció,
pero su amor por su hija nunca se desvaneció.
En cada historia contada bajo la luz de la luna,
la ternura y el orgullo de ser su padre resonaban como una bruma.
Y cuando llegó el ocaso de su vida marinera,
sabía que su mayor tesoro nunca desaparecería.
En los corazones de su hija, seguiría viviendo,
un legado de amor eterno, un vínculo sin fin, querido y sonriendo.
Así, el pirata concluyó su último viaje,
saboreando la paz en cada último oleaje.
Pues aunque el mar lo reclame y la bruma lo cubra,
su tesoro más preciado, su hija, siempre perdurará en la memoria.
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