Era de día,
el viento corría,
las flores bailaban,
y el destino se acercaba.
Pero algo, dentro de mí,
me detenía.
Aun así, avancé,
sin saber qué venía.
Y de pronto,
el sol se apagó,
la vista se volvió niebla.
Gotas caían,
pero no del cielo.
Escuchaba voces,
pero no las entendía.
La respiración era corta,
el dolor, agudo.
Y entonces,
el silencio.
Todo blanco,
como si estuviera desconectada.
No dolía.
No lloraba.
Y por un momento,
la paz me rodeó.
Pero fue breve.
Me encontré en un lugar
donde la calma no habitaba,
y los demás lloraban.
Sus palabras
ya no me alcanzaban.
Yo no escuchaba.
Solo flotaba.
Mis ojos se cerraron,
y una paz absoluta llegó,
como si todo fuera un mal sueño.
Pero tras horas,
desperté.
Y la realidad volvió.
Los días pasaron,
la angustia no se fue.
Hasta que llegó la pesadilla:
una explosión interna,
una burbuja rota
con furia y violencia.
Ansiedad, pánico,
como un monstruo que me atrapó.
Solo pude correr,
correr,
pero el vacío llegó antes.
Todo oscuro,
no se veía,
casi no se oía,
solo respiraciones entrecortadas,
gritos, llanto, desesperación,
un pecho que dolía,
y una desconfianza brutal.
Se acercaban,
pero yo los ignoraba.
Mi cuerpo temblaba,
todo era incierto.
Insistían,
pero yo no podía.
Irme sería
destruirme aún más.
No entendían.
Mi mundo se caía.
Nada era seguro.
Solo quedaba
la esperanza
de despertar.
Y aunque los días
y los meses pasaron,
el dolor siguió.
Las escenas
vivían en mis sueños.
Y los demás,
empezaron a olvidar.
Lo evadían,
dejaban de sentir.
Pero yo no.
La burbuja se había ido.
La seguridad, también.
La angustia creció.
La esperanza me abandonó.
La tristeza tomó su lugar.
La nostalgia se sentó a mi lado.
Y la paz…
la paz no volvió.
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