Llegó el verano,
mis hojas sonrieron,
verdes, vivas,
como si algo en mí renaciera.
Los animales pasaban,
me hablaban con ternura,
pero yo,
yo me sentía vacía.
No lo notaban.
Mis hojas empezaron a caer,
sin razón,
y mis ramas, antes firmes,
se inclinaban cansadas.
'Estoy bien', decía,
mientras todo en mí gritaba lo contrario.
Pasaron los días,
los meses,
y mi cuerpo se debilitaba.
Las personas venían,
arrancaban mis ramas,
pisoteaban mis hojas,
me herían
sin darse cuenta,
o quizás sí.
Yo solo quería paz,
esa paz que una vez escuché,
la que imaginé sentir,
en algún campo,
con lluvia suave,
y aire limpio que no doliera.
Pero no me atrevía.
Me escondía en la sombra,
en la oscuridad,
cubriendo mis ramas rotas,
mis hojas muertas,
para que nadie preguntara.
Aún hay un vacío.
Pero sueño con ser libre.
Con estar allí,
donde las heridas no arden,
donde la mente descansa,
donde una rosa puede marchitar
y seguir de pie
sin tener que fingir
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