Luego de quince años
sin ver los ojos de una hija,
la voz de un hombre
me ofreció por teléfono
si quería compartir pañales
con un hermoso bebé
que resultaba ser mi nieto:
Fue un brochazo carnal,
que en un segundo,
hizo un nuevo graffiti
en la desvaída imagen
de mi superyo.
Pero no pude permitirme
tanta dulzura,
aunque la voz de mi supuesto yerno,
de pies gringos,
me hablara en español.
Ese día yo estaba solo,
frente a una torta imaginaria,
rodeado de fantasmas con peluca
que avivaban mi cumpleaños
setenta y dos.
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