Para él nunca fui una prioridad.
Siempre había alguien.. o algo más importante:
su familia, sus amigas, sus conocidos, incluso los animales;
hasta una roca parecía despertar más interés que mi presencia.
Y yo, entre la duda y la esperanza,
me preguntaba cuándo sería yo su elección,
cuándo me miraría como su mundo,
del mismo modo en que él, sin saberlo, era el mío.
Esperé…
Esperé tanto que la espera empezó a desgastarme,
a arrancarme pedazos de luz.
No sabía cuándo, o si alguna vez me elegiría,
y esa incertidumbre me iba marchitando lentamente.
Entonces tomé un salvavidas:
me elegí a mí misma y me fui.
Lo dejé en su universo de prioridades ajenas,
porque la decisión más importante la tomé yo:
dejar de esperar a que alguien me escogiera
y convertirme en mi propia elección.
Si en su mundo no fui lo suficientemente valiosa
como para ser prioridad,
sería la prioridad de otros mundos…
mundos donde él no perteneciera,
lo bastante lejos para no alcanzarme,
y lo bastante cerca para que pudiera verme..
brillando sin él.
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