Nunca el otoño tanta hermosura
le ha brindado al alma en su afán de muerte.
Sábana de seda pálida es el llano.
Velos en las ramas cada nube vierte.
Como por el fondo de un pichel de arcilla
el espeso vino asentado está,
quedas son las casas del celeste río
del que cieno de oro he bebido ya.
Aves negras suben, suben al ocaso,
como las enfermas hojas de abedul
que de ramas grises vuelan hacia arriba,
hacia lo azul.
Quien llorar desee, sollozar quien quiera,
el oído acerque al profundo lar,
y en la sombra de los álamos en llamas
venga ya su propia sombra sepultar.
(Traducido por Paul Abucean)
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