El pasado es un lugar
donde yace el fantasma
del padre que me guía
con una antorcha obscura.
Allí está vivo aún
el tiempo que entregué a las alas de Icaro,
cuando me embriagaba en el fuego
de las pobres bacantes de mi pueblo.
En otra morada del pasado,
el eco de los ladridos de mi perro Ulises
sigue guiando mi regreso a casa,
donde me esperaba mi abuela Juana,
que ahora sirve en mi mente
el triste chocolate de la nostalgia.
El presente, mientras escribo,
es una puerta estrecha
que cruzan condenados
que se internan en un mismo río.
Y a pesar del bullicio electrónico,
oigo la música de las ballenas
que avanzan desorientadas
hacia las lanzas de los arrecifes.
Digo sobre el futuro,
al ver marchar multitudes al norte,
que la profecía de un latigazo atómico,
por el error de Adam o la ira de Marte,
puede empujar hacia la Cruz del Sur
la migración definitiva de todos.
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