Levanté mis ojos
y todo cuanto vi fue
un incendio de cruces en
la parte baja del puerto.
Entonces sentí
en el alma la angustia
de un ángel negro que
gritaba grandes cosas.
Rebusqué entre
las piedras una angosta
hendidura para ocultarme.
De los pantanos
neblinosos salieron
precipitadas hordas
de escorpiones armados
de pestes y de
temerosas desgracias.
Como la sombra de un
silencio salvaje,
sobre la copa del sol,
entonces la luna vertió
todo el tejido de su
nauseabunda sangre.
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