Con lágrimas de muerto
sin tumba,
la aurora escondió su
trasnochado rostro.
Agobiadas por
pensamientos funestos,
las flores se precipitaron
por tenebrosos abismos.
El camino polvoriento,
que pasaba frente a las
casas desamparadas,
retornó a su destino milenario.
Y los árboles,
trastornados como estrellas
sin futuro,
gemían dolorosamente
cuando el terrible viento
laceraba sus espaldas.
Era el primer tiempo pero aún la
gran desolación no había terminado.
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