Moría la soledad con su
flamígera espada aguda.
El dolor de la copa estaba
en el estómago de
los sarmientos.
Abril no era un buen mes
para recordar las tinieblas
que cubrieron las
sangrientas batallas.
Todos vieron la llegada de
la aurora con sus
mariposas valientes.
Y los pies funestos se
hundieron en los
pensamientos de las bestias
y en los argumentos de
los curas atiborrados de
vacías palabras.
Sin embargo,
desde sus
escondites escabrosos,
las hormigas compusieron
las trenzas eróticas de los
puertos cerrados.
Ya para entonces el sol había
entregado las
flores anaranjadas,
la melodía preciosa y el
anhelado oxigeno
cubierto de oro.
Fue entonces que,
con picotas, martillos,
azadones, libros,
decretos y trigos,
todos los hombres se
levantaron para desarrollar un
pueblo que,
a pesar de tantos siglos de
héroes y truenos,
tristemente aún
permanecía tan
estancado como las
podridas aguas de las
nauseabundas marismas.
La revolución y los cambios
pasaron a ser el
acontecimiento activo
con máquinas encendidas,
pan caliente en las mesas,
niños ante maestros
y el mazo varonil golpeando
duro el estrado pero con
implacbles ojos cerrados.
This poem has not been translated into any other language yet.
I would like to translate this poem