En el centro de mi casa sin ventanas
alimento un farol cansado,
suficiente para engañar a la noche
y que no se note el frío.
Tú lo llamas alegría,
pero yo sé que es solo un fuego quieto,
una chispa que no calienta,
puesta para que no mires demasiado lejos.
Afuera,
sentada como una estatua de sal,
está ella.
La he visto en todos los inviernos,
en cada reflejo que evita tu mirada.
No llama,
no empuja la puerta,
porque sabe que ya la reconozco
aunque tú no la percibas.
Cuando tus párpados caen,
la casa se vuelve más lenta,
y el aire, más denso.
Entonces abro el cerrojo,
y camino hacia ella.
No intercambiamos nombres,
solo miradas que llevan siglos
conversando sin palabras.
—No puedo mantenerlo así —murmuro—.
Y ella entiende:
'así' significa inmóvil,
con una sonrisa que no toca la piel.
Sus manos, huecas y firmes,
reciben mi agotamiento.
Con gestos que nadie nos enseñó,
moldeamos una calma prestada,
un amanecer que no pregunta nada,
un día sin viento
para que no tiemble lo que cuido.
Después regreso a la casa.
Tú sueñas.
Ella se queda en el umbral,
como si el tiempo fuera suyo.
No sabrás que tu paz tenue
nace de un pacto silencioso:
yo, guardián del farol,
y ella, que sabe apagar el mundo
hasta que parezca
que nunca existió.
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