Desde lo alto de la torre,
observaba la hoguera arder.
Su luz era salvaje,
su calor, un llamado imposible de ignorar.
Y pensó:
quizá el fuego también sabe cuidarse,
quizá esta vez no se consumirá.
Así permitió que la hoguera
abrazara a otra llama.
Juntas crecieron sin medida,
alimentándose de un viento que parecía eterno.
Pero lo que crece sin pausa
no distingue entre vivir y arder.
Un amanecer,
sin trueno ni viento,
la otra llama desapareció.
No quedó humo,
ni brasas,
solo un hueco donde antes había latido.
La hoguera se recogió sobre sí misma,
como si pudiera abrazarse entera.
No lloró,
pero el aire estaba lleno
de un silencio roto que dolía mirarlo.
La torre descendió.
Cubrió las brasas con su sombra,
y juró que nunca más
lo dejaría exponerse así.
Le construyó muros,
cielos bajos,
y un frío que, aunque dolía,
no quemaba.
Los días se volvieron iguales,
la hoguera apenas respiraba,
aprendiendo que la quietud
también puede ser una forma de vida.
Pero en las noches,
soñaba con danzar otra vez.
Pasaron inviernos.
Un día,
una chispa pequeña apareció en el horizonte:
no danzaba como antes,
no gritaba,
solo esperaba.
La torre la miró,
y detrás de ella,
vio a la hoguera,
quieta,
pero con un brillo en los bordes
que no había visto en años.
No hubo carreras,
no hubo llamas al cielo.
Se acercaron despacio,
con pasos que parecían medir la eternidad.
Y la torre, sin decirlo,
le pidió a la hoguera que lo intentara otra vez.
La hoguera aceptó,
pero esta vez no buscó quemarlo todo.
Encendió con cuidado,
construyendo calor sobre calor,
hasta que cada noche se parecía un poco más
a un amanecer.
Y comprendió que el fuego verdadero
no es el que consume,
sino el que permanece
cuando el viento cambia.
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