Con mi vista casi gastada,
los dedos salpicados de
tintero y la desesperación
de un desarrapado y
estúpido payaso,
intento afanosamente
atraparte a ti,
oh desalmado lector.
En esto es poco lo que
como y duermo.
Paso horas y horas
intentando descifrar tus
intrincados gustos,
en ocasiones sanos pero,
la mayor de las veces,
amargos, lejanos,
cínicos y perversos.
Te lo digo:
tu actitud
de sabandija tiránica
en misteriosos escondrijos
me fastidia y agota.
Tanto así que
si no he abandonado
este horrible arte
es por paradójicamente
ser el vino que alienta
ésta mi abrumada
y mísera alma.
Ya te lo he confesado.
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