Sobre una vieja carreta,
de ruedas quejumbrosas,
monté mis cachivaches
y decidí salir del mundo.
Intentaba escapar del bullicio,
del desaliento,
de la mentira,
del engaño,
de la ebriedad,
del oropel
y de la falsedad
de los hombres mortificadores.
Por senderos polvorientos
escuché canto triste
de palomas y
me arañaron espinas de
solitarios arbustos.
Por momentos creí
que caería,
que rodaría entre
laderas cuarteadas
y zarzales malignos.
Como un barco
desvencijado sobre un
mar turbulento las ruedas
chirriaban y jadeaban sin cesar.
Llegué a una silueta oscura
y a la profundidad siniestra
de unas montañas neblinosas.
Hablè conmigo mismo
y un eco lejano dio
en mi pecho con
olor a errantes misterios,
a estampidas de truenos
y a lamentos tristes
de sabandijas muertas.
Me espantaron
repentinos centellares,
sueños ensangrentados,
miradas malignas
por entre oscuridad,
secretos perversos
y las ansias de una
perfida muerte.
Pero seguí desafiante,
impávido e indomable
como pájaro enfrentando
las ráfagas violentas
de un viento anatema.
De algo estaba seguro:
no retornaría.
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