Llegué una casa por
unos días.
Estaba de paso.
Mi destino era el norte.
Lleno de curiosidad,
la contemplé como
joyero una mina.
Su propietaria,
una mujer solitaria,
había forjado en ella
la impronta de su espíritu.
Un estilo victoriano
tenían los muebles que
recorrieron mares en barco.
Y exquisita era la
cristalería oriental.
Yo iba desde un sofá hasta
las acojinadas mecedoras.
Noté que era fanática
de las flores.
Era una dama alegre,
entusiasta y altruista.
Vivía a tono con las
realidades de la vida y
era devota al conservadurismo.
Mientras escuchaba
los clásicos,
contemplaba por amplio
ventanal copos blancos
que vagan sobre copas
verdes de frondosos árboles.
Los pájaros hacían nidos
en las cornisas.
Ella conversaba con ellos
y los alimentaba con amor.
En la pared había dos
cuadros que llaman
la atención.
En cada uno estaba
una mujer con las manos
llenas de frutas.
Pero si hubieran salido
del marco,
el mundo tendría que
postrarse a sus pies y
rendir enorme tributo
a tanta belleza,
a la mirada de sus ojos
y a la largura del
pelo carbón.
La dueña de la casa se
refería a ellas con emoción
y ofrecía detalles que
bien conocía.
Hoy estoy en mi destino
final pero imposible
olvidar el olor de las
frutas siempre sobre
la larga y anchurosa mesa.
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