Un carbonero, como se sabe, ese oficio en que se quema la madera para convertirla en mineral de combustión, pasaba los días de tal modo que en las calles no cesaba su pregón.
Era una voz fuerte y retumbante, impulsada, más bien, por la angustia dolorosa de la miseria.
Bajo un techo de palmera, sostenido con trozos rústicos y antiguos, había dejado una familia aferrada a la esperanza de un regreso con pan; pan que mitigaría el desasosiego.
Negra y cuarteada era la piel. Y el rostro, surcado por arrugas y briznas adheridas, intentaba salvarlo del ardor canicular con el sombrero de alas anchas y extendidas como las de un negro cuervo.
Muchos lo veían pero pocos conocían de su trabajo que, más bien, debía tenerse por arte. Con el hacha filosa, empuñada en manos callosas, reducía a trozos una madera que amontonaba en un espacio agreste y salvaje.
Cual monumento del mundo antiguo, desde adentro hacia afuera levantaba la pirámide de leños, hojas y tierra seca.
Parado ante su obra, con su torso desnudo y empapado de sudor, entonces rastreaba el sendero del viento.
La combustión era lenta, apaciguada y extremadamente controlada. Desde el exterior enviaba la chispa que conflagraba en el corazón del gran montón y que terminaba afuera.
El humo claro y manso se unía a los copos blancos de las pasajeras nubes en el cielo. Apreciaba que en el horizonte no existiera la más mínima señal de tormenta, mal tiempo o de agua. Durante el día las aves lo miraban desde las frondas de los árboles y, durante la oscuridad de la noche, luciérnagas danzaban alrededor de las briznas que escapaban por la boca del improvisado volcán.
Y aunque con días sin verlo, la mujer percibía el trajín a través del olor a resina incandescente que, cruzando el trecho, se metía por las rendijas del rancho.
Aunque con el estómago transido y los labios resecos, el hombre sentía entre sus huesos la felicidad de lo que consideraba una gran obra.
Por entre los arroyos y potreros corría su canto de esperanza acompañado del crepitar de una madera abrazada por el tranquilo fuego.
Después de días sin tregua, vigilando como centinela frente a una fortaleza, finalmente acariciaba unos trozos negros y sólidos. Eran el tesoro del pirata, las pepas del minero, los granos del labriego, el aceite del trapiche, el vino del lagar y los versos del poeta. Empuñados los contemplaba intensamente, con unos ojos llenos de luz y de ilusión.
"¡Oh! -exclamaba-.
Volvía y los tocaba.
-Qué hermosos-decía.
Almacenado y librado de la intemperie, había creído tener sustento para una larga temporada. Pensaba en la alegría de la mujer y en la de los niños al recibir el vestido y los zapatos nuevos y el pan recién horneado.
Empujando el enorme carretón cargado, temprano en la mañana había irrumpido en el naciente fragor de la ciudad. Pasaban por su lado con desesperación hombres con atuendos de galenos, de jueces, de abogados, de contadores y de oficinas. El suyo era negro, ajado y costroso. Pero, durante largos años, había sido la esperanza de quienes soñaban con café caliente, hojaldres, butifarras, buñuelos y carimañolas. El paría sonrisa en las mesas de los grandes comensales.
Sin embargo, aunque la fidelidad a su oficio lo hizo sobreponerse al cansancio y al agotamiento de los años, algo iba cambiando. Notaba que, después de recorrer la Atarrazana, el Barrio de los Esclavos, El Callejón de los Milagros, El Portal, Santa Elena y San Bernanardo, cada vez eran menos los compradores.
-Ya no cargues tanto el carretón-le dijo un día la esposa.
Absorto en su mundo de negrura, no había notado que el mundo avanzaba, que los pueblos se llenaban de luces coloridas, de autos veloces, de aparatos musicales estridentes, de bibliotecas con autores exóticos, de oropeles y de construcciones sin jardines.
Pegado a los andenes pregonaba, pero ya pocos salían a su encuentro. Iba quedando solo en el mundo como golondrina en medio de un cielo desamparado. Su voz no era la misma; tampoco su andar, que era lento, marchito y pesado.
Tumbada en un rincón del aposento, la mujer dejaba escapar una toz profunda y seca. Y bajo el almendro frente al rancho, con la barriga contra el suelo, el perro negro miraba hacia adentro. Y en el patio, las gallinas cascareaban, pero hacía días que ella no podía echarles los granos.
-Pásame el frasco, por favor-le dijo al esposo.
Sus ojos se habían amilanado como un árbol muerto.
En la despensa eran escasas las cosas que quedaban.
Aunque aturdida por el dolor, la mujer sentía en su alma el peso de una obligación. Tan profunda que se había convertido en culpa.
-Ya me mejoraré-le decìa desde la cama.
Pero él permanecía en silencio. Solo escuchaba. Pensaba en el último viaje a la ciudad. Le entristecía saber que ya eran pocos los que respondían al pregón. Definitivamente, había llegado al punto de convencerse de que el mundo no estaba interesado por lo que cargaba en el viejo y desvencijado carretón.
Fin
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