El sueño se me hizo pesado
y, de pronto,
me llegaron olores
a pasadizos secretos,
herrumbrosos y abandonados.
Abrí los ojos
y tropecé con el vacío.
"¿Cuál es el tiempo? "
Las metálicas y enormes
manecillas en la vetusta pared
de la cuarteada iglesia,
fundada en la pálida plaza,
indicaron las tres.
"¡Las tres! "
Era la hora en que el amo del mal,
gobernando perversas legiones
sulfúricas sobre caballos alazanes
y mortíferos,
rondaba con odio y artimañas
la parte negra de la tierra.
En el frio que pasaba,
en los quejidos profundos,
en el ardor de una terrible mirada,
en el chirriar de puertas cansadas
y en el tambalear de
putrefactos ataúdes,
yo, inclinado en el espanto,
sentí el desasosiego
y la insalvable amenaza.
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