Como diría aquel perverso
pero talentoso escritor,
"veis este poema",
lo escribí tentaleando.
Te diré por qué.
Sucede que un día noté
que casi no figuraba las letras.
Entonces preocupado visité
un oculista.
Después de esperar toda
una mañana,
me introdujo al estudio
donde me hizo un par de
preguntas y me asustó
con tantos aparatos.
Veinte minutos después
me dijo la causa de mi mal.
Me indicó gotas y los
imprescindibles lentes.
El día que llegué con ellos
recibí halagos de mi
esposa y también de mi hija.
Una decía que parecía abogado
y la otra un doctor.
Claramente unos lentes
influyen mucho
en la personalidad y en el
juicio de la calle.
Yo ya me había acostumbrado y
me sentía bien.
Pero,
una funesta tarde,
tras mi tediosa jornada
en el diario,
sencillamente desaparecieron.
Sè quien fue pero
¿còmo acusar?
Comprè otros.
Sin embargo,
esos que eran muchos
más elegantes y varoniles,
desgraciadamente
se desmoronaron
contra el suelo.
Frustrado me
arrepentí de otros.
Por lo menos hasta
que muriera
la maldita racha.
Así que recurrí a lo práctico:
tomar los de mi mujer.
Cuando no era yo que los
andaba buscando,
entonces era ella.
Los ponía en un lugar
y yo en otro.
Si estaba leyendo y
llegaba alguien,
inmediatamente los guardaba.
(Varias veces me
sorprendieron, sabes) .
Eso se convirtió en una
verdadera odisea.
Al extremo de haber,
de vez en cuando, sus
pequeñas discusiones.
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