Ayer fue cuando supe
la triste realidad de tener
muy pocos amigos.
Y cuando digo pocos,
quiero decir exactamente eso:
pocos. Muy pocos.
Amargo descubrir que
aquellos abrazos,
sonrisas a los ojos,
palabras de estímulos
y apretones de manos
no eran flores genuinas.
Eso apuntaba a lo oculto:
la comida de mi mujer,
un par de pesos,
el talento,
vaciar frustraciones,
acribillar el tiempo
y hasta robarme una idea
(y sí que me han robado bastantes) .
Pero cuando busqué apoyo
para justicia ante calumnias,
los que me robaron el sudor,
abusaron de mí,
me dejaron en la inopia
y hasta intentaron aniquilarme,
pues solo encontré el inmenso vacío.
Ahora comprendí que el mundo no
es más que una perversa camarilla
que se rebela contra ti en
el mismo instante
en que ya no
puede manipularte.
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