Y sin embargo, vaso, hay cosas
que nos unen:
mis ácidos nucleicos
y las escasas proteínas
que deja el escribir
se forman en compuestos cristalinos.
Y el sílice lejano del que vienes
es anisotrópico,
de modo que sus propiedades
fluctúan -como yo-
según la dirección
en que se observen.
En un cristal de cuarzo la luz
no puede propagarse
por igual. Ese es mi caso:
la sombra es mucho más espesa
si es percibida
en dirección de dentro a fuera.
A los mil grados ambos
dejamos de ser lo que ahora somos:
tú que naciste del fuego
te vuelves líquido viscoso,
yo que vengo de ese líquido
acabo en llamas.
Y, sobre todo,
lo más importante:
yo sin sentido
y sin relleno tú
somos idénticos,
dos formas de vacío
en el espacio.
Basta un rayo de sol
para cambiarnos.
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