Una noche,
en la penumbra de un cuarto prestado,
dos cuerpos se encontraron,
no como amantes,
sino como extraños que buscan olvido.
Las sábanas murmuraban secretos
que nunca serían pronunciados,
y el tiempo,
ajeno a los nombres,
se deslizaba entre respiraciones contenidas.
Tu mirada,
un destello breve,
un faro en la tormenta de lo efímero.
Mis manos,
un mapa sin destino,
trazaron caminos en tu piel.
No hubo promesas,
ni mañanas planeadas.
Solo el ahora,
el instante que nos reclamaba
como suyos.
Y cuando el alba rompió el hechizo,
partimos en silencio.
Sin adioses,
sin preguntas.
Dos sombras que se disolvieron
en la vastedad de la ciudad.
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